sábado, 8 de octubre de 2016

La partida de Ron



POV Autora
El trío dorado aun no podían creer todo lo que habían escuchado del duende. Los tres chicos se quedaron parados en el mismo lugar donde estaban, cada uno metido en sus pensamientos.
La primera en reaccionar fue Hermione, quien tomo las orejas extensibles y las guardo, mientras veía a sus amigos caminar cada uno con un semblante distinto, Harry tratando de tranquilizarse y Ron parecía ausente. Ella los entendía, se trataba de la familia de ambos —ya que ella al igual que Harry consideraba a los Weasley como su familia—, y si no fuera porque ella les modifico las memorias a sus padres, en estos momentos se encontraría igual de preocupada.
Por otra parte Harry al escuchar sobre que Ginny estuvo en peligro y que los demás Weasley tampoco la pasaban nada bien, quiso ir a entregarse a Voldemort para que dejara de torturar a sus amigos, pero luego negó con la cabeza, porque sabía que si hacia eso, nada cambiaria, es más se pondría peor las cosas.
Ron en cambio sentía una ira crecer más con cada segundo que pasaba, sus hermanos y sus padres estaban en peligro constantemente, y ver a Harry y Hermione sin hacer nada, sin que se les ocurriera algo para proteger a su familia lo enervaba tanto que le daban ganas de dejarlo todo e ir con su familia. Volvió a dirigir otra mirada a sus amigos, los cuales estaban parados a unos cinco pasos de él, estaban muy juntos como si Harry le estuviera diciendo algo a Hermione, algo de lo que él no se podía enterar; la ira burbujeo en él como la lava en un volcán. Y exploto.
—¡Estoy harto de todo esto! ¡Mi familia está en peligro y a ustedes no parece importarle sus vidas!
Harry y Hermione se volvieron hacia Ron, y lo observaron con confusión.
—Ron, por favor tranquilízate… por supuesto que nos… nos importa tu familia… —Hermione fue la primera en tratar de calmar al pelirrojo.
—¿Qué me tranquilice! ¡Me pedís que me tranquilice, Hermione! —gruñó Ron, mirándola con ira—, que me tranquilice… cuando… cuando…
Hermione nerviosamente abrió su bolsa de cuentas y de allí empezó a sacar el retrato de Phineas Negullus Black, ignorando los gritos de Ron, lo único que ella quería en ese momento era que sus amigos, sobre todo Ron se tranquilizará al escuchar como habían ocurrido las cosas en verdad. Cuando logro sacar el cuadro aun Ron seguía gritando y maldiciendo a diestra y siniestra, mientras Harry se había mantenido callado, y parecía tener miedo, y Hermione sabía a qué se debía, primero Hogwarts ya no era un lugar seguro, no, desde que Severus Snape era el nuevo director, y segundo su amigo también pensaba constantemente en su hermana, de la cual no había tenido noticias, excepto por los clásicos: «ella está bien, no te preocupes».
Hermione empezó a hablarle al cuadro.
—Phineas Nigellus… me escucha, señor, por favor… profesor Black, por favor —Hermione tenía su varita alzada hacia el cuadro del antiguo director de Hogwarts. Ella esperaba que el aristocrático hombre apareciera rápido o si no, no podría mantener la calma.
—Pedir las cosas por favor, siempre es un buen comienzo… —Harry que estaba con la mirada perdida y un hondo hueco en el estómago por la preocupación y la impotencia que sentía al no poder hacer nada por los suyos, se volvió inmediatamente al escuchar la voz del antiguo director. Y a su vez Hermione rápidamente lo volvió a imposibilitar la vista a Phineas, para que no sepa en donde se encontraban.
—Pero, ¿qué significa esto? Son unos irresp…
—Profesor Black —Harry interrumpió los quejidos del ex director de Hogwarts—, necesitamos hacerle una pregunta.
—¡Oh! Me parece que acabo de escuchar la voz del escurridizo Potter…
Harry respiró profundo, porque sabía que no podía mentirle, pero tampoco podía confirmarle que él en verdad había acertado, porque así mantendría el interés del ex director.
—Tal vez… —dijo Harry.
El ex director se interesó al escuchar esa respuesta y se quedó a escuchar la pregunta que le querían hacer. Así que Harry aprovecho y le preguntó sobre Ginny, Neville, Luna y los demás, a la vez que no apartaba la vista de su amigo pelirrojo, el cual no dejaba de maldecir su suerte; mientras Hermione no dejaba de defender a sus amigos de los insultos de ex director.
Pasaron varios minutos hasta que Harry por fin se despidió de Phineas Black, y no de muy buena manera. Phineas les aclaró muchas cosas al trío, y así fue como supieron que Ginny, Neville y Luna habían sido castigados con Hagrid, lo cual significaba que estaban bien al cuidado del semi gigante, también se enteraron que Dumbledore había utilizado la espada de Gryffindor para partir el anillo, por lo tanto, la espada era de gran utilidad para ellos en ese momento para así poder destruir el guardapelo.
—Eso quiere decir, que si la espada, absorbe lo que la hace más fuerte, Harry… —Hermione dejo incompleta la oración, y Harry asintió, y de pronto sintió tal emoción al saber que Ginny se encontraba fuera de peligro y que la espada de Gryffindor podía destruir los Horrocruxes.
Ron había dejado de maldecir y miraba a sus amigos con el ceño fruncido, porque una vez más había notado algo entre ellos, una extraña complicidad al hablar, era como si no necesitasen comunicarse con palabras, ya que solo una mirada lo decía todo. ¿Y él? ¿Él que pintaba en ese lugar, si ni siquiera lo tomaban en cuenta?
—Ron, ¿tú que piensas? —le preguntó Harry, entusiasmado y optimista, ya que había una nueva esperanza para así poder destruir los Horrocruxes.
Ron lo observó de una mala manera.
—¡Vaya! Decidiste tomarme en cuenta por fin. Muchas gracias —hizo una reverencia burlesca, y Harry y Hermione notaron que su voz sonaba llena de sarcasmo y amargura—. Yo creía que todavía querías seguir hablando con Hermione como si nada pasara, olvidándote de que mi familia está en peligro.
—Ron… no, por favor, tu familia está bien…
Ron ahora observó a Hermione con ira.
—¿Eso crees, Hermione? —dijo Ron con rencor—. Es que acaso no escuchaste lo que dijeron, los Weasley han sufrido mucho con sus otros hijos. ¿Qué crees que significa eso? Pues que mi familia está en constante peligro por apoyar al “niño que vivió”, ¿por qué no lo…?
—¡Pues nadie les pidió su ayuda! —dijo Harry, y su buen humor se evaporó apenas escucho las duras palabras de su amigo.
Hermione negó con la cabeza. Todo se estaba poniendo mal.
—Ron, si tu familia está en peligro no es por apoyar a Harry, es que acaso no recuerdas que tu familia nunca ha simpatizado con los ideales de Vold… de quien-tu-sabes —Hermione se corrigió inmediatamente, pero no por temor al mago oscuro, sino para no echarle más leña al fuego al mal humor de su pelirrojo amigo.
—¿Qué? ¿Estás diciendo que mi familia está en peligro por ser traidores a la sangre? —gruñó Ron, pero luego la observó y sonrió irónicamente, una sonrisa que Hermione solo conocía en Draco Malfoy—, Hermione tu eres una… —pero antes de mencionar tal insulto a su amiga, respiró profundo y se contuvo, aunque algo le decía que no se contuviera y le dijera lo que verdaderamente era la castaña. Pero él fue más fuerte a esa orden, apretó lo puños y volvió a respirar profundamente varias veces.
A Hermione le brillaron los ojos por las lágrimas acumuladas en sus marrones ojos.
—Ron… yo… lo siento, no quise… —la chica ya no pudo seguir hablando, porque si lo hacía en cualquier momento se soltaría llorando y eso era lo que menos quería.
—¿Lo sientes? Sí, claro, Hermione, pero si tú solo me hablas porque Harry es mi amigo —a cada palabra que decía Ron, Hermione negaba con la cabeza—, ¿acaso pensaste que yo no me daría cuenta de que tú solo me ves como un inútil? Y qué decir de mi familia y de…
—¡No, Ron! Las cosas no son…
—¿Qué pasa, Hermione? ¿Es que no te gusta escuchar la verdad? —Ron se había acercado lo suficiente a Hermione, como para que ella tuviera que alzar la cabeza para poder verlo a los ojos—. Y que me dices de…
—¡Ya basta, Ronald! —esta vez fue Harry quien hablo, ya no pudiendo soportar que Ron ataque de esa manera a Hermione—. No desquites con Hermione tu mal humor.
—¿Mi mal humor? ¿Y cómo se supone que debería de estar con todo esto? ¿Feliz? —Ron estaba más irritable con cada segundo que pasaba—. Parece que no les importa lo que le pase a mi familia, es que no ven que en cualquier momento podría perder a algún miembro de mi familia.
Harry frunció el ceño.
—Te recuerdo, Ron, que nadie te obligo a venir, porque hasta donde recuerdo, tú y Hermione se empeñaron en acompañarme.
Ron volvió a sonreír de la misma manera en que lo hacia Draco.
—Claro, claro —dijo Ron moviendo una mano como si estuviera espantando a un mosquito—, el héroe, “el elegido” ha hablado. Como no son tus padres los que están en peligro…
—Te recuerdo que mis padres están muertos —dijo Harry de manera osca, y era tanto su enojo que en esos momento le dieron unas ganas de golpear a su amigo, porque una cosa era estar preocupado por su familia, y lo entendía, pero otra muy distinta era burlarse de que él no tenía padres.
—Pero los míos podrían estar por el mismo camino. Pero, no, el gran Harry Potter esta tan obsesionado en encontrar unos objetos, los cuales no encontramos por ningún maldito lado, y eso sin contar de que si los encontramos, no tenemos ni la más estúpida idea de cómo destruirlos —Ron se detuvo a observar a sus amigos, pero luego solo centro su azulada mirada en Harry—, y sin Dumbledore, tú no tienes la más mínima idea de cómo ser un líder. ¡Eres un idiota!
—¡Cállate, Ron! —dijo Hermione sin levantar la voz—. Harry, no… no le hagas caso… Ron está siendo manipulado… el… el guardapelo… —la castaña le señaló a Harry el guardapelo que colgaba del cuello del pelirrojo—. Ron… por favor quítate el guardapelo… por favor —Hermione le suplico a su amigo, el cual no le hacía ni el más mínimo caso.
—Tú no tienes derecho a decirme nada, Hermione… ¿o es que no te acuerdas que tú también te quejabas de que el gran Harry Potter, no tenía ni la más mínima idea de qué hacer?
Hermione miró al instante a Harry, y las lágrimas empezaron a caer de sus ojos sin control.
—Harry, no… no fue de esa manera, te lo juro que no es lo que tú crees… —dijo Hermione, pero luego se volvió hacia el pelirrojo—. Ron, quítate el guardapelo por favor… Vamos, quítatelo.
Pero Ron no le hizo caso.
—Ron, por favor… quítate el guardapelo… Ron… por favor —volvió a insistir Hermione, mientras lágrimas saladas recorrían sus sonrojadas mejillas.
—Me largo, ya me canse de todo esto… —dijo Ron a Harry y luego se volvió a Hermione—, ¿y tú… qué esperas? Vámonos —le estiró la mano para que la chica la tomara y se fuera con él.
Hermione se quedó estática.
—Ella no se ira a ningún lado, y si tú quieres irte, pues adelante, nadie te detiene, pero Hermione no se va —sentenció Harry, tomando a Hermione de la mano.
—Dejemos que ella sea la que decida, Potter. ¿Hermione? —Ron seguía con la mano estirada, esperando ansioso que Hermione le tomara de la mano.
Hermione pasó su brazo —el cual estaba libre del agarre de Harry— bruscamente por su cara, limpiando así las lágrimas.
—Me quedo con Harry. Ron prometimos que lo ayudaríamos, estamos con él desde el principio… por favor… recapacita…
—Bien, ya decidiste, ¿no? lo prefieres a él… tú, prefieres quedarte con él…
—Ron, por favor… yo no… yo no prefiero a nadie, ¿entiéndelo? Los dos nos comprometidos a ayudar a Harry, tú y yo… y ahora…
—Siempre lo preferiste a él —repitió Ron testarudamente.
—¡Ron! —dijo Harry, estaba con el ceño fruncido y apretaba con fuerza un puño con una mano mientas que con la otra mano no soltaba para nada a Hermione, era como si ella fuera su tabla de salvación en medio del bravo mar—. Deja el guardapelo.
Ron se quitó el guardapelo y lo lanzo sobre la mesa de la tienda de campaña, y luego salió de esta sin mirar a atrás en ningún momento.
Pasaron varios minutos en que los chicos se mantuvieron en la misma posición; Harry enojado y Hermione sin poder creer que Ron los había abandonado. Pero luego Hermione se soltó del agarre de Harry y salió corriendo de la tienda, se mojó al instante por la fuerte lluvia, y gritó el nombre de su amigo muchas veces, pero no hubo respuesta alguna.
Cuando Hermione regreso nuevamente a la tienda de campaña, toda empapada, se encontró con Harry en el mismo lugar donde lo había dejado.
—No… no está… se fue, en verdad se fue… —informó Hermione y Harry asintió, sintiendo como las palabras de su amiga se le calvaban en el corazón como un puñal, se acercó a la mesa, tomo el guardapelo y se lo puso, luego tomo una manta de uno de los catres y se lo puso por encima de los hombros a Hermione. Abrió la boca para reconfortarla, pero la volvió a cerrar cuando las palabras no salieron de su boca; Harry sabía que si a él le dolía la partida de su amigo a Hermione le dolía aún más porque ella sentía algo muy profundo por el pelirrojo, porque sí, él se había dado cuenta de los sentimientos de Hermione por Ron, cuando este ni siquiera aún se daba cuenta de sus propios sentimientos por ella.
Harry empezó a caminar hacia la salida de la tienda.
—¿Adónde vas? —preguntó Hermione, y Harry se dio cuenta del dolor en su voz.
—Haré la guardia —respondió el pelinegro, y cuando Hermione iba a replicar, él no la dejó—. Descansa, Hermione, ya después si te sientes mejor harás la guardia —y con eso salió de la tienda.
Harry se sentó junto a la tienda tratando de rememorar en que momento llegaron a todo esto, pero los sollozos de su amiga se lo impidieron, y él estuvo así por un largo rato, solo bajo la lluvia y escuchando los sollozos de Hermione, que no tenían cuando acabar, y por un momento llego a pensar que lo mejor hubiera sido dejar ir a Hermione con Ron. Pero no, ella también era su amiga, así como de Ron, y él también la necesitaba y por primera vez en su vida no le importo actuar como un egoísta.
Harry pudo pensar con claridad cuando noto que Hermione ya se había dormido, puesto que ya no escuchaba sus sollozos.
—Ron —murmuró. Él nunca creyó que su mejor amigo, su casi hermano lo dejaría, y después de su pelea en sus cuarto curso con él, pensó que nunca más volverían a distanciarse, pero se equivocó. Y ahora cuando más lo necesitaba, él se iba, le daba la espalda, y por más que comprendía la preocupación de Ron por su familia, simplemente no dejaba de dolerle su actitud. Y sí, sabía que no era un buen líder, sabía que sin la protección de Dumbledore estaba perdido, pero él siempre trataba de hacer lo mejor que podía para encontrar todos los Horrocruxes.
Estoy tan casado, se decía Harry mentalmente.
—Yo también estoy muy preocupado por los Weasley, Kingsley, Tonks, Remus, Luna, Neville, Seamus, todos los de la Orden, y sobre todo por Ginny y mi hermana. ¿Cómo estará Nikky? Hace mucho que no sabía nada de ella. Nadie le decía nada sobre su hermana, solo que todo estaba bien con ella y que no debía de preocuparse.
¿Qué todo estaba bien con ella? ¿Pero como podía estar completamente seguro de eso? Ella era sangre de su sangre, y a veces, cuando dormía, soñaba a su hermana siendo torturada por Voldemort, y eso lo llenaba de impotencia, puesto que sabía que su hermana era la que más peligro corría en esta guerra, siendo la única familiar directo del “El Elegido”.
Harry no podía estar tranquilo, y la inquietud, la desesperanza y pesimismo lo invadieron de pronto. Pasó una mano por su rebelde cabello, despeinándolo aún más.
Paso toda la noche alerta y cuando veía a la niebla, creía que en cualquier momento su amigo pelirrojo aparecería con su clásica sonrisa amistosa, pero nunca sucedió.
Muy pronto las horas pasaron y el amanecer se hizo presente, el pelinegro estiro sus músculos entumidos, parpadeó tres veces y luego bostezo, y cuando pensaba entrar en la tienda de campaña, se encontró frente a frente con su amiga castaña, la cual esta desaliñada, con sus rizos desordenados y los ojos hinchados y rojos por el llanto.
—Hola —dijo Harry.
—Hola —repitió Hermione, con voz entrecortada.
Hermione se hizo a un lado para que Harry pasara a la tienda, y cuando el pelinegro así lo hizo, los chicos se quedaron mirándose por unos minutos, parecía que ninguno de los dos sabía cómo empezar a comunicarse. Ambos estaban tan desorientados con la partida de Ron.
—Eh, creo que lo mejor será que nos vayamos de este lugar —propuso Harry—, y ahora que ya sabemos que la espada puede destruir esto —mostró el guardapelo que llevaba colgado del cuello—, creo que lo mejor sería mantenernos en movimiento y alertas.
Hermione asintió, y a Harry le sorprendió que su amiga aceptara tan rápido lo que él decía, ya que comúnmente ella siempre sopesaba cada una de sus mejores opciones, pero ahora se notaba que en verdad le había afectado la partida del pelirrojo.
—Está bien —dijo luego la chica, y enseguida empezó a recoger todo, Harry le ayudo a guardar la tienda y por último pusieron hechizos para borrar cualquier rastro que quedara de ellos, ya que siempre era mejor prevenir que lamentar.

***

—¿Acaso no me extrañaste, mi amor? —dijo el rubio para luego posar sus labios sobre los de la chica y besarla con desesperación.
Nicole forcejeo con Draco para tratar de separarse, pero no lo logro, las manos del rubio se situaban en su cintura como tenazas, impidiendo así que la chica se separada de él.
La pelirroja trato de hablar aun teniendo los labios del rubio sobre los de ella, pero lo único que logró fue abrir la boca, cosa que Draco aprovecho para introducir su lengua en la boca de su esposa, encontrándose así con la lengua de Nicole; y fue cuando empezó una pequeña batalla, el rubio hizo más pasional el beso mientras que la chica trataba de zafarse, pero cada vez que lo intentaba un magnetismo la atraía más a él.
Uh, menta, pensaba Nicole al saborear la boca del rubio. Y un déjà vu algo borroso llego a ella. Draco y ella sobre una cama besándose desesperadamente, él le acariciaba las piernas con una mano y con la otra le desabrochaba el sujetador…
Mientras la chica recordaba, Draco empezaba a acariciarle la espalda para luego bajar hacia la cintura de la chica nuevamente, y sus manos se deslizaron como pequeñas serpientes por todo el contorno de su cintura hasta llegar al cinto que sujetaba el albornoz. Nicole al sentir las manos del rubio tratando de desatar el cinto, lo detuvo con manos temblorosas.
—N-no… —farfulló la pelirroja, separándose del rubio—. No —dijo más claro, se llevó una mano al pecho para dejar de hiperventilar.
Draco estaba demasiado excitado, así que intento volver a besarla ignorando la negación de la pelirroja, pero esta fue más rápida esta vez y se alejó tres pasos de él.
—No, no, Malfoy —dijo Nicole.
—¿Por qué no? —preguntó Draco con voz ronca, caminando los pasos que Nicole había retrocedido, y volviéndola a tomar de la cintura, empezó a repartir besos desde la mandíbula hasta el cuello de la pelirroja—, sé que me deseas tanto como yo a ti. Y no trates de negarlo, estoy seguro que me deseas, puedo sentirlo, trataste de resistirte al beso que te di, pero al final terminaste respondiendo —le susurró al oído de la chica, para luego besar el lóbulo de su oreja.
Nicole tembló ante las palabras cargadas de deseo de Draco.
No, no, Nicole, no puedes caer ante la provocación de Draco, pensaba la pelirroja. Un momento, ¿Draco? ¿Desde cuándo es Draco y no Malfoy?
—N-no… es ci-cierto —susurró Nicole, y se reprendió mentalmente porque su respuesta había sonado entre cortada y no segura como ella quería.
Draco se separó un poco de ella para mirarla a los ojos, pero sin dejar de sostenerla por la cintura, y sonrió con cinismo.
—Mientes muy mal, mi amor —dijo el rubio con voz ronca, para luego volver a posar sus labios en el níveo cuello de la pelirroja.
—No, no… aléjate —insistió Nicole, poniendo sus manos en el pecho de Draco para empujarlo.
—Tú no quieres que me aleje, más bien todo lo contrario —el rubio la atrajo más hacia sí, y beso sus labios. El grito que Nicole soltó al sentir los labios de su esposo nuevamente sobre los suyos se perdió en el beso. Beso que ella no pudo evitar responder.
Draco pasó sus brazos por la cintura —pero evitando lastimar su vientre abultado— de Nicole y la levanto un poco para ponerla a su altura, y poder besarla con más comodidad. Dejaron de besarse por la falta de oxígeno, pero el rubio no perdió el tiempo y sus labios volvieron al cuello de la pelirroja; ella soltó un gemido involuntario al sentir el calor del deseo recorriendo su cuerpo, y dejo de importarle que su esposo era un maldito cretino, que era el hijo de un mortífago, que él también era —porque si, ella lo sabía, pero en ese momento no le importaba, ya nada importaba— y que era el enemigo de todo lo que ella y los suyos defendían, solo se dejó llevar por la pasión.
Y soltó un nuevo gemido, otro, y luego otro. Sí, la adolescencia era la etapa de las hormonas alborotadas, y sumándole a eso las hormonas de embarazada, se estaba volviéndolo loca de pasión. Ella sentía que se estaba quemando.
Y no solo ella, él también, y cada vez que la escuchaba gemir un área de su pantalón se hacía más pequeño y apretado.
Draco poco a poco la llevo hacia la cama y con mucha delicadeza la recostó sobre la mullida cama; él se puso sobre ella, y con rapidez saco su varita de su túnica, para luego lanzar un hechizo no verbal, impidiendo así que nadie escuchara y mucho menos pudiera entrar en la habitación de la pelirroja.
Las caricias no se hicieron esperar, sobre todo por parte del rubio, que empezó a acariciarle las piernas, para luego con la otra mano subir sus caricias por el pecho de la chica —los cuales sintió un poco más grandes desde la primera vez que estuvieron juntos— pero aun sin despojarla de albornoz, lentamente fue descendiendo hacia su vientre abultado, lugar donde se estaba creciendo su primogénito, acaricio todo el contorno casi con adoración y delicadeza.
Mientras tanto, Nicole, también hacia tímidas caricias a Draco, tenía una mano sobre la fuerte espalda del rubio y la otra sobre su nuca atrayéndolo así más hacia a ella.
Un suspiró acompañado de un gemido salió de los labios de la pelirroja al sentir las caricias del rubio. Este se separó un poco de ella, para cerciorarse si en verdad le permitía continuar, y lo que vio en los ojos castaños de la chica se lo confirmó: ella lo deseaba. Sí, no había dudas, porque la pasión no se puede ocultar.
Draco desanudo el lazo del albornoz, y rápidamente la despojo de este; las manos del rubio empezaron a acariciar la tersa piel de la pelirroja, la cual no dejaba de soltar gemidos con cada caricia.
Minutos después él también se encontraba desnudo, aunque en realidad no estaba del todo seguro de como llego a estarlo, no había puesto especial atención en que, si él mismo se había desnudado o había sido la mujer que estaba debajo de él gimiendo de placer.
Aunque ese detalle no importaba mucho en ese momento.
La boca de Draco dejo los labios de Nicole, para hacer un camino de besos hasta llegar a sus pechos. Y cuando la pelirroja sintió la húmeda y caliente boca de su esposo sobre uno de sus pezones, soltó un gemido de placer tan grande que podría haber dejado sordo a toda una multitud. Draco siguió con las caricias, mientras que su boca se trasladaba al otro pecho de la pelirroja.
Luego de que Draco le diera la debida atención a los pechos de la pelirroja, él volvió hacer un camino de besos, hasta llegar al abultado vientre de la chica, las caricias que le dedico a esa zona del cuerpo de la chica, fue con veneración;  allí dentro estaba su primogénito, su hijo, Draco se sintió un completo imbécil cuando le pidió a Nicole que abortara y aunque lo había dicho solo para seguir con una estúpida actuación, para mantener la misma fachada de un cabrón, no dejaba de reprochárselo—, lo bueno es que ella nunca le hizo caso, y unas buenas bofetadas se había llevado al querer obligarla.
Se separó un poco de la pelirroja para poder contemplar su desnudes, Nicole estaba con los ojos cerrados, las mejillas sonrojadas, los labios hinchados y rojos por los ardientes besos, la boca ligeramente abierta por los gemidos que soltaba, su pecho subía y bajaba por la respiración acelerada, su vientre abultado la hacía exquisita ante sus ojos, y por último sus piernas torneadas lo llevaban a la locura, él nunca pensó sentir deseo por una mujer embarazada, pero ahora él estaba allí, deseando entrar en esa mujer, volverla hacer su mujer.
—Eres hermosa —susurró en su oído, cuando volvió a posesionarse sobre ella, como toda respuesta la pelirroja gimió y paso sus brazos por el cuello de Draco y deposito un beso en él.
Una mano de Draco estaba a un lado de la cabeza de la pelirroja, sosteniendo su peso, y su otra mano se deslizo desde el contorno del pecho de Nicole, paso por su vientre y finalmente llego a su entre pierna, y con dedos avilés de perdió entre los pliegues de la feminidad de su esposa.
Estaba tan mojada, que sus dedos resbalaron. Ambos gimieron ante el contacto.
El rubio se acomodó entre las piernas de Nicole cuando se dio cuenta de que ella estaba preparara para él. Lentamente entro en su intimidad, y ella gimió de gozo al sentirlo, mientras él maldijo con voz ronca al sentir como las estrechas paredes vaginales de su esposa lo apretaban; las embestidas empezaron suaves, ya que Draco no quería lastimarla, pero a medida que los minutos pasaban, ninguno de los quiso seguir con ese ritmo tan desesperantemente lento, así que Draco empezó a embestirla con toda la pasión que guardaba especialmente para ella, mientras que la pelirroja había envuelto sus piernas por las caderas de su rubio esposo y sus uñas dejaba arañones en su pálida espalda.
Sus gemidos se mezclaron, a medida que las embestidas aumentaban. El fuego que ambos sentían los estaba llevando al borde de la locura.
Nicole beso a Draco y así sus gemidos se callaron unos segundos, pero luego el rubio dejo la boca de su esposa y empezó a besar nuevamente su cuello, dejando una marca en él.
—Draco —gritó Nicole al sentir su orgasmo venir.
El rubio al escuchar su nombre en ese tono tan ardiente de su esposa no pudo soportarlo más y dando unas últimas par estocadas se dejó ir dentro de su esposa.
—Nicole —gruñó Draco al sentir que la pelirroja apretaba más su aun duro miembro—. Eres solo mía —dijo con voz ronca.
Minutos después de permanecer en la misma posición, Draco salió de su esposa y se acomodó junto a ella, ambos tenían las respiraciones agitadas. Él la observó y noto que ella estaba con los ojos cerrados, y la boca entre abierta. La atrajo hacia él, y ella no se opuso, busco en el buro su varita y con un hechizo no verbal las sabanas cayeron sobre ellos tapando sus desnudos cuerpos.
Draco no dejaba de observarla, su esposa se veía simplemente hermosa. Sus miradas se encontraron, y él pensó que ella despertaría de su ensueño y lo rechazaría como hacia siempre, pero contrario a lo que pensaba, ella se abrazó más a él y le sonrió, luego cerro los ojos.
Él solo se levantó de esa cama cuando sintió la respiración acompasada de su esposa, señal de que estaba profundamente dormida. Empezó a reunir todas sus ropas, y empezó a ponérsela nuevamente.
Draco termino de vestirse y se volvió hacia Nicole, pero esta seguía dormida envuelta entre las sabanas.
Sonrió.
Eres solo mía, Nicole, pensó.
La había tenido de nuevo, y esta vez sobria, como él había deseado tenerla desde hace mucho tiempo, y no como la primera vez que estuvieron juntos, en la mansión de los Moreau.
Y de pronto Draco recordó a cierta francesa.
—Diane Moreau —susurró Draco. Y una idea se cruzó por la cabeza—. Me serás de mucha ayuda —sonrió como solo un Slytherin podía hacerlo.
Conjuro pergamino, pluma y tinta. Escribió algo rápidamente en el pergamino, para luego dejarlo a un lado de Nicole, la beso a modo de despedida, pero ella ni siquiera se movió.
Se arregló bien la túnica y salió de la habitación, tan silencioso como el propio animal que representa su casa en Hogwarts.
Draco mantenía su rostro indescifrable, pero sus grises ojos mostraban que estaba complacido por lo que horas antes había ocurrido en la habitación de la que acababa de salir. El rubio caminaba con parsimonia por el oscuro pasillo, cuando de pronto se chocó con algo o mejor dicho con alguien, al instante Draco saco su varita, dispuesto a atacar al intruso.
Pero antes de que Draco lanzará la maldición de desarme, la varita del otro personaje conjuro un Lumus.
—Buenas noches, señor Malfoy —saludó Dumbledore, con voz apacible.
El rubio observó las facciones del anciano hombre y frunció el ceño al ver la sonrisa en el hombre. Pero también noto que Dumbledore acababa de llegar, ya que no llevaba puesta la pijama sino su túnica morada con pequeñas estrellas plateadas.
Es de madruga. ¿Adónde habrá ido el viejo chiflado a estas horas?, se preguntaba el rubio.
—Me imagino que viene a ver a la señorita… la señora Malfoy —se corrigió Dumbledore.
—Sí —gruñó Draco, sin relajar su ceño.
—Téngale paciencia, señor Malfoy —aconsejó Dumbledore—, me imagino que toda esta situación no es fácil para ella, y menos en su estado… ¿ya sabe?, el desorden hormonal.
Draco quiso sonreír y decirle que acababa de comprobar hasta qué punto era capaz de llegar ese «desorden hormonal» de su esposa, pero calló y asintió.
—Creo poder tenerle la paciencia que ella se merece —y diciendo eso, volvió a asentir a Dumbledore a modo de despedida, paso por su lado y cuando ya estuvo fuera de la casa de profesor de pociones desapareció.

***

—Draco —el rubio escuchó la seria y preocupada voz de su padre.
Giró hacia la derecha y allí vio a su padre, con el rostro tan desencajado como él día en que Voldemort torturo a todos sus mortífagos por haberle fallado en su misión, misión que él había ayudado a llevar al fracaso.
—Padre —dijo Draco y se acercó a su progenitor—. ¿Qué haces despierto a estas horas? —cuestionó.
Pero Lucius no contestó a la pregunta de su hijo.
—¿De dónde vienes? —preguntó Lucius, mirando a su hijo fijamente, y Draco cerro su mente al instante cuando noto la intromisión de su padre—. ¿Qué pasa, Draco? ¿Qué es lo que ocultas tan celosamente, como para que yo no pueda enterarme?
Draco sonrió cínicamente.
—No oculto nada, padre —respondió firmemente el rubio, y hasta él mismo se sorprendió de lo tan sincera que parecía al dar su respuesta—. Solo, es por costumbre no dejar que nadie penetre en mi mente.
Lucius entre cerro los ojos, pero asintió.
—Pero aun no me responder, Draco, ¿de dónde vienes?
—De ninguna parte en especial, estuve andando, pensando —Lucius levantó una rubia ceja al escuchar la respuesta de su hijo.
—¿Pensando en qué? —cuestionó Lucius, pero Draco no tuvo tiempo de contestar porque su padre volvió a hablar—, espero que sea en la misión del Lord—. Recuerda que todo depende de ti. No puedes fallar, tú no.
Draco frunció el ceño, esa era la primera vez que él notaba el pánico de su padre, y le sorprendió, porque ese hombre, aparentemente imponente, que estaba frente a él no tenía nada que ver con el hombre que lo había criado y le había enseñado a ser un maldito cretino con los que no eran de su estatus de sangre.
—¿Me escuchaste, Draco? —apuró Lucius.
Draco estuvo a punto de decirle que dejará de recordarle que todo estaba en sus manos y lo dejara en paz aunque sea unos minutos, pero aún estaba sorprendido por la actitud de su padre, así que decidió seguir con sus nuevos planes.
—Bien, padre, te lo diré… —Draco se quedó callado unos minutos, dándole el dramatismo adecuado a su respuesta—, creo que ya sé dónde puede estar escondida la hermana del idiota de Potter.
Esa respuesta le cambio el semblante a Lucius.
—¿Dónde? —preguntó el rubio mayor.
—En Francia.
—Claro, la estúpida mestiza estudiaba en Beauxbatons —recodó Lucius, y Draco apretó los puños ante el insulto a su esposa y futura madre de su primogénito—, seguro que una de sus amiguitas la tiene escondida. El Lord tiene que saber est…
—No, padre —advirtió Draco, y Lucius observó a su hijo con suspicacia—. Déjame hacer esto a mi manera, el Lord no debe enterarse de esto aún.
Lucius asintió, no muy convencido, pero le tenía que dar crédito a su hijo.
—Confía en mí, padre —dijo Draco, arrastrando las palabras al hablar—. Te juro que dentro de unas semanas el Lord tendrá en sus manos a la hermana de San Potter —sonrió fingiendo que le alegraba que Nicole esté cerca de Voldemort, para ser torturada por todos los mortífagos.
Lucius también sonrió, y se pudo ver que los dos rubios tenían la misma sonrisa, pero la diferencia era que Draco hacia mucho había decidido jugar un doble papel en esta guerra, y por supuesto los beneficiados serían los que estaban en el bando de Potter, pero Lucius, siempre le sería un fiel seguidor de Voldemort.


viernes, 7 de octubre de 2016

Todo depende de Draco


POV Autora
—¡CRUCIO! —gritó Voldemort, con una voz tan fría que hasta podría asustar al mismísimo Satanás—. ¡SON UNOS ESTÚPIDOS! ¡MALDITOS INCOMPETENTES! ¡CRUCIO!
—L-lo… sen-senti-mos… amo —dijo Lucius desde el suelo. Sí, Lucius Malfoy, el orgulloso sangre pura, estaba tirado en el suelo, todo desparramado como un trapo sucio, humillado ante su señor.
—¡¿LO SIENTEN?! —vociferó Voldemort sin bajar la varita— ¡TE DI UNA OPORTUNIDAD MÁS DE DEMOSTRARME TU VALÍA, LUCIUS! PERO FRACASASTE COMO SIEMPRE. ¡CRUCIO! —Lucius volvió a revolcarse de dolor, pero sin emitir ningún quejido.
Voldemort estaba verdaderamente furioso de que sus planes se hayan arruinado y todo por la culpa de los inútiles de sus mortífagos.
El Señor Tenebroso dejo a Lucius por el momento, y se giró hacia la pelinegra con cara de demente, él la miró con sus furiosos ojos rojos.
—¿Y TÚ, BELLATRIX, QUÉ TIENES QUE DECIR? —gritó Voldemort.
—Amo, yo…
—¡CRUCIO! —gritó Voldemort, lanzando así el hechizo sobre Bellatrix, impidiéndole hablar—. ¡NO QUIERO ESCUCHAR TUS PATÉTICAS ESCUSAS! ¿CÓMO PUDIERON DEJAR QUE ESOS MOCOSOS SE HAYAN SALVADO DE UNA MUERTE SEGURA?
Bellatrix se retorcía de dolor, definitivamente el poder de Voldemort cuando estaba enojado se multiplicaba por mil.
—Mi… se-señor —balbuceó la bruja de cabellos negros—, al-algui-ien avi-so… a los est-túpi-dos de la Or-orden.
Voldemort observó a todos sus mortífagos, los cuales trataban de aparentar serenidad, pero no lo lograban del todo, y ese miedo lo podía olor el Señor Tenebroso.
—ASÍ QUE HAY UN TRAIDOR EN MIS FILAS —la voz de Voldemort resonó en toda la habitación.
—Mi… señor, nadie se atr…
—¡AVADA KEDAVRA! —dijo Voldemort y un rayo verde salió de su varita y cayó directo al corazón de mortífago. El Señor Tenebroso sonrió sádicamente y con voz suave se dirigió a su mascota—, Nagini, ya tienes tu cena —la gran serpiente se deslizo lentamente hasta llegar al cuerpo inerte del mortífago y de un solo bocado Nagini lo devoro. Voldemort soltó una gran carcajada, cosa que hizo estremecer a sus mortífagos.
Luego del espectáculo de Nagini, Voldemort siguió castigando de la manera más cruel a sus mortífagos, y por supuesto lanzo la maldición asesina a tres más de sus seguidores, solo por hablar fuera de tiempo como el primero.
—¡Y no crean que esto se quedara así! ¡Sé que hay un traidor entre mis filas! Descubriré quien es el que se atrevido a traicionarme, y cuando lo encuentre… —Voldemort hizo una pausa mirando con sus orbes inyectados de sangre a cada una de sus mortífagos— ¡LAMENTARÁ HABER NACIDO! ¡LAMENTARÁ HABERME TRAICIONADO! ¡Y SU MUERTE SERÁ LA MÁS LENTA Y DOLOROSA! —siseó—. Y AHORA, FUERA DE MI VISTA —gritó. Todos los mortífagos se retiraron de la habitación y como podían le hacían una reverencia.
Bellatrix y Lucius —los cuales fueron los peor castigados— se quedaron hasta el último.
—Mi señor —dijo la bruja con tono sumiso, pero Voldemort ni siquiera la miró—, yo creo que… no debería confiar tanto en… Snape…
Voldemort se volvió tan rápidamente a la bruja que la hizo trastabillar.
—¿Snape? —Voldemort rió—. Snape es el más fiel de mis lacayos, Bellatrix —la bruja hizo un gesto de molestia—, se lo que piensa, se cómo actúa… Y tú, mi querida Bella, estás celosa de Snape por tener más cerebro que todos ustedes juntos —Nagini, que aún estaba allí subió lentamente por el cuerpo de su amo, hasta posar su cabeza en el hombro de mago oscuro, el cual le acaricio la cabeza de manera cariñosa—. ¡LARGO!
Lucius y su cuñada empezaron a caminar hacia la salida de la habitación.
—¡Tú no, Lucius! —dijo Voldemort.
El rubio mago dio media vuelta y espero paciente a que su señor hablará.
—No creas que ya he terminado contigo, Lucius.
El aludido empalideció más de lo que ya era.
—No olvidaré tu ineficacia, Lucius… que lastima me das, derrotado por el licántropo —dijo Voldemort, burlándose de su lacayo—. Tal vez si hubiera convencido a Lupin a pertenecer a mis filas al igual que al idiota de Colagusano, ese perro hubiera hecho mejor tu trabajo. Mil veces mejor.
Lucius no se atrevió a contestar, solo apretaba los puños, lleno de rabia.
—¿A quién escoges, Lucius? —preguntó Voldemort, a lo que el rubio miró a su señor con confusión—. ¿A quién escoges? ¿A tu amada Narcissa o a tu adorado Draco?
—Me temo que no le entiendo, mi señor —dijo Lucius.
—No me sorprende —se mofó el mago tenebroso—. Te dije que tu castigo aún no ha terminado… por eso te preguntó: ¿a quién de los dos escoges para morir? ¿Quién de los dos morirá por tu ineficacia? ¿Tu esposa o tu hijo?
—Mi señor… —susurró Lucius.
Voldemort rió.
—Será fácil, puedo apostar que Nagini aún sigue hambrienta —la serpiente saco la lengua al escuchar las palabras de su amo—. Aunque tal vez no tengas que escoger. Creo que la hermosa Narcissa será la que muera esta noche —Lucius sintió su duro y frío corazón acelerarse—, porque Draco aún me es útil, él aún me tiene que traer a la hermana de Potter —Voldemort se acercó a Lucius—. Espero que tu hijo sea mejor tú y pueda cumplir con la misión que le encomendé.
—Él cumplirá, mi señor… pero…
Lucius cayó con una sola mirada de Voldemort.
—Tienes miedo, Lucius, puedo olerlo —se mofó—. Está bien, seré misericordioso contigo, pero todo depende de Draco —Lucius iba a hablar, pero Voldemort lo ignoró—. Si tu hijo cumple con traerme a la mocosa y me la pone en bandeja de plata, perdonaré la vida de la hermosa Narcissa y también perdonaré tu estupidez, pero si Draco es tan mediocre como tú, los mataré a los tres, y los Malfoy desaparecerán del mundo mágico sin dejar rastro.
Lucius asintió.
—Muchas gracias, mi señor —dijo Lucius haciendo una reverencia hacia el mago tenebroso—. Y le aseguro que Draco no le fallará, mi señor —dijo Lucius.
—Espero, Lucius. Espero. Ahora saca tu inmunda humidad de mi presencia.
El rubio mago hizo otra reverencia y salió del salón de su propia mansión.
Tienes que cumplir con la misión que te encomendó el Lord, Draco. Todo depende de ti, pensaba Lucius con todas sus fuerzas.

***

Ya habían pasado varios días desde la misión fallida de los mortífagos, dos días desde que Lord Voldemort había castigado cruelmente a sus seguidores y hasta había asesinado a algunos de ellos, y también habían pasado varios días desde que Draco Malfoy andaba irritable, enojado, y porque no decirlo, demasiado asustado. Ya que esta nueva orden del Lord era incluso peor que cuando le ordeno asesinar a Dumbledore.
—¡Maldita sea mi suerte! —refunfuñaba Draco—. ¿Y ahora que mierda se supone que voy hacer? —el rubio caminaba por su habitación de un lado a otro, e irónicamente, parecía un león enjaulado—. Pero definitivamente entregar a Nicole al Lord no está en mis planes.
—Pues eso debiste pensarlo antes. Eres un verdadero imbécil, Draco. —La voz grave de Snape resonó en la habitación, y el rubio de tuvo su andar, y se volvió rápidamente hacia su ex jefe de casa, lo observó lleno de ira.
—¿Y tú qué demonios haces aquí? Te hago saber que mi habitación no es Hogwarts, porque no es ahí donde deberías de estar, en vez de venirme a joder cada vez que se te da la gana —siseó el rubio.
Snape se acercó a Draco y lo cogió del cuello de la túnica, pero no tuvo necesidad de ponerlo a su altura porque el rubio era tan alto como él.
—Mocoso impertinente, que juega a ser un hombre y un espía —siseó el nuevo director de Hogwarts—. Te informo que Lovegood te reconoció.
Draco no tomo en cuenta el insulto de Snape, porque primero se asombró cuando escucho mencionar a la lunática de Lovegood, pero luego puso en su rostro su típica máscara de frialdad.
—¿Qué Lovegood me reconoció? ¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Draco fingiendo indiferencia.
—¿Así que quieres seguir con este juego? ¡Perfecto! —dijo Snape, soltando a Draco bruscamente. Sacó su varita y lanzo un hechizo a la puerta, impidiendo así que alguien entre y que sobre todo evitando que oídos curiosos escuchen su conversación—. Sé que fuiste tú el que le aviso a la señorita Lovegood sobre el ataque a Hogsmeade…
—Yo no veo a Lovegood hace meses. Si recuerdas que yo no asisto a Hogwarts desde la supuesta muerte del viejo chiflado, ¿verdad? —dijo Draco interrumpiendo a Severus—. Y además desde cuando le haces caso a esa lunática. Que mal estás, Snape —el rubio negó con la cabeza.
El hombre de cabellera negra rió sarcásticamente.
—El que va estar mal vas a ser tú cuando no puedas manejar todo esto, y el Lord termine matando no solo a la chica y a tu hijo, sino también a tus padres enfrente de ti; ah, y porque no a ti también por traidor.
Draco se quedó paralizado.
—Eso no sucederá.
Snape enarco una ceja.
—¿Y cómo piensas evitarlo? ¿Acaso vas entregar a la madre de tu futuro hijo? —dijo Snape con voz dura—. Porque te informó, que todo depende de ti, Draco.
—¡YA LO SÉ! —gritó el rubio—. ¡NO TIENES QUE RECORDARME LA MISMA MIERDA QUE MI PADRE ME DICE CADA DOS POR TRES!
—Entonces, para la próxima piensa bien las cosas antes de actuar. Porque ahora no solo tienes que cuidar que el Lord no vea tus recuerdos, sino que también tienes que cuidar más de ella.
—Eso es lo que estoy haciendo —siseó Draco—, por eso la lleve a tu casa.
—No me refiero a eso —dijo pocionista.
—¿Qué? —dijo el rubio lleno de confusión.
—Te prohíbo ir a mi casa a verla —sentenció Severus.
—¡TÚ NO PUEDES PROHIBIRME ESO! —exclamó Draco, con la ira burbujeando de sus poros—. ELLA ES MI ESPOSA. ME PERTENECE.
Snape no se vio sorprendido por lo que se acababa de enterar, porque ya se lo esperaba.
—Claro que puedo, y no a dejar que tus estupideces la pongan en peligro —advirtió Snape—. ¿O es que acaso quieres que le pase algo a ella y a tu hijo?
Draco se quedó en silencio, ya que sabía que Snape tenía razón, pero ni loco se lo diría, porque entonces eso sería como otorgarle el permiso de manejar su vida a su antojo.
Snape tampoco espero la respuesta del rubio, así que dedicándole una última mirada de advertencia, quito los hechizos de la habitación y salió de ella.

***

Snape apareció cerca de Hogwarts y con paso firme entro al imponente castillo y se dirigió en la dirección, en la cual se encerró, ya que no quería encontrarse con los idiotas de los hermanos Carrow, quejándose de cada problema que tuviera con algún alumno o queriendo imponer los más crueles castigos.
Eres más imbécil que tu padre, Draco, pensaba Snape. Solo espero que tus impulsos de macho, no te haga cometer más errores. Ya tengo suficiente con cuidar de Potter como para andar detrás de ti paso a paso.
Y Severus Snape tenía razón, ya estaba suficientemente metido en toda esa porquería de guerra como para andar siempre cuidando no solo de Harry Potter, sino también de su idiota ahijado.
Y después de modificarle la memoria a Yaxley, había tenido que estar muy pendiente de que el Señor Oscuro no descubra nada, y ahí no quedaba todo también tenía que estar muy cuidadoso sobre la Orden y el aviso que les había dado sobre el ataque al pueblo de Hogsmeade, cuidar de Dumbledore y de Nicole Potter. Y ahora para cerrar con broche de oro, la noche anterior Longbottom, Weasley y Lovegood habían tratado de entrar a su despacho y robarse la espada de Gryffindor, y por ese incidente se había visto en la necesidad de hechizar la entrada de su despacho para que nadie, a excepción de él pudiera entrar allí, ya que no se volvería a arriesgar por uno de los mediocres planes de esos adolescentes. Lo único bueno fue que él los había encontrado y no ninguno de sus nuevos profesores, así que el castigo que les dio fue solo mandarlos con Hagrid.
Severus soltó un suspiró lleno de cansancio.
Esa noche había una reunión en la mansión Malfoy con el Lord. Y el Señor Tenebroso todavía estaba de mal humor por el fallido ataque a Hogmeade y no dejaba de recordarles a sus mortífagos los inútiles que eran acompañado de un Crucio. Pero Snape sabía que el Lord no solo estaba de mal humor por el fallido ataque, sino que también estaba muy enojado por no haber podido encontrar lo que tanto ansiaba; porque Potter estaba prófugo junto con sus amigos, y por último porque Draco aún no le traía a la hermana de Potter.
Snape cogió un pergamino que le había llegado del Ministerio, cuando escucho unos golpes en su puerta.
Maldijo por lo bajo. Y con un movimiento de su varita quito el hechizo de su puerta para permitir que el mortífago pasara.
—Pasa, Amycus —dijo con voz pausa, pero fría, aun sin levantar la vista del pergamino.
El mortífago pasó al despacho y dirigió una mirada por el lugar, haciendo una mueca de molestia al notar que Snape aún no había cambiado la sosa decoración de Dumbledore.
—¿Cómo puedes estar en este despacho sin vomitar? —siseó Amycus.
—¿Qué quieres, Amycus? Habla de una vez que no tengo todo tu tiempo —dijo Snape, levantando la vista del pergamino.

***

Habían pasado varias semanas desde que Harry, Ron y Hermione habían abandonado Grimmauld Place, y el trío se aparecían en lugares solitarios y poco concurridos, y por supuesto siempre poniendo hechizos protectores.
Hace una semana había sido el cumpleaños número dieciocho de Hermione, pero este paso desapercibido por ella, ya que estaba más preocupada en buscar una forma de destruir el Horrocrux, en cambio sus amigos si se acordaron y la saludaron, pero ahí quedo todo, porque Ron en un acto de amabilidad con su castaña amiga le dijo que ya que era su cumpleaños, él llevaría el Horrocrux.
Fue un error. Ron estuvo de mal humor todo ese día y no dejaba de hacer comentarios sarcásticos; Hermione se arrepintió de haber aceptado que su amigo llevara el Horrocrux.
Ellos habían descubierto que el Horrocrux le modificaba el carácter. Los ponía de mal humor —sobre todo a Ron— cada vez que uno de ellos lo portaba.
Harry se volvía solitario y pesimista, todo lo veía negativo, y hasta llegaba a creer que nunca podría encontrar los otros Horrocruxes y mucho menos ganarle a Voldemort. Ron se volvía borde y siempre se quejaba de todo, sobre todo por la falta de comida. Y por su parte Hermione se volvía callada y cuando le hablaban siempre estaba irritable.
Y ese día nuevamente Ron llevaba el Horrocrux.
Los tres estaban almorzando o por lo menos eso era lo que hacían Harry y Hermione, porque Ron lo único que hacía era revolver los alimentos de su plato.
—Esto es incomible —comentó Ron de mala manera—. Mi mamá hace que la comida aparezca —el pelirrojo empujo el plato con setas y pescado.
Hermione hizo una mueca entre tristeza y enojo.
—Imposible. Lo que dices es imposible, Ron. Tu madre no puede aparecer la comida de la nada, nadie puede —dijo Hermione conteniendo sus ganas de gritarle a su amigo pelirrojo que era un desconsiderado—. La comida es la primera de las cinco Excepciones Principales a la Ley de Transformación Elemental de Gamp…
Ron hizo un gesto de exasperación.
—¡Oh, Merlín! Puedes decirlo en términos comunes.
La castaña respiró profundo.
—¡Es imposible hacer una buena comida de la nada! Puedes convocarla si sabes dónde está, puedes transformarla, puedes aumentar la cantidad si ya tienes un poco…
—Pues será mejor que no aumentes esto. ¡Está realmente asqueroso!
Hermione evito mirar a Ron, porque las lágrimas amenazaban con salir de sus ojos marrones.
—Harry ha conseguido estas setas y ese pescado, y yo he tratado de cocinarlo lo mejor posible. Y si no lo recuerdas o no vez bien, yo no soy tu mamá para cocinar como a ti te gusta.
Ron rió sarcásticamente.
—Pues menos mal que te das cuenta de que no sirves para cocinar…
Harry se llevó una mano a la sien, escuchar discutir a sus amigos era el pan de cada día, pero aun así, él siempre estaba atento a todos los movimientos de sus amigos, porque no vaya a ser que uno de los dos decidiera atacarse.
—¡BASTA LOS DOS! —gritó Harry cuando se cansó de escucharlos discutir.
La castaña y el pelirrojo se callaron cuando escucharon el grito de su amigo. Pasaran unos minutos en un silencio casi sepulcral, cuando de pronto empezaron a escuchar ruidos cerca de donde ellos estaban, los tres chicos por instinto tomaron sus varitas y con sigilo se fueron acercando hacia el lugar de donde provenían las voces.
Y Hermione que siempre andaba tenía su bolsa de cuentas, saca de allí unas orejas extensibles que los gemelos le habían dado —por lo que sea que lo necesiten— y le dio una a cada uno de sus amigos. Harry lo tomo al instante, pero Ron que aún seguía enojado lo tomo de mala gana. Los tres chicos empezaron a escuchar atentos la conversación ajena.
Esa voz se me es muy familiar, pensaba Harry al escuchar a uno de los hombre hablar. Pero ¿dónde la he escuchado?
Los chicos no podían escuchar muy bien la conversación porque el ruido de las aguas del rió hacia interferencia.
Algunas voces eran agudas, lo cual significaba que eran duendes, ya que por ratos hablaban en otro idioma, pero las otras voces eran graves, lo que quería decir que eran unos hombres, pero ¿quiénes?
Tanto pensar, Harry pudo recordar, una de las voces graves, y esta voz pertenecía a Ted Tonks, el esposo de Andrómeda y padre de Tonks. Harry se sintió mal por el hombre, ya que si estaba con los duendes quería decir que estaba huyendo y escondiéndose como un vulgar ladrón, era por el estatus de su sangre. Harry y Ron observaron disimuladamente a Hermione, la cual estaba concentrada en la conversación, y sin duda los chicos llegaron a una conclusión, que si su amiga no estuviera con ellos, ella también hubiera tenido que huir por la misma situación que Ted Tonks. La castaña levantó la vista al sentirse observada, y trato de sonreír, pero lo único que le salió fue una mueca de impotencia.
Los duendes seguían hablando y contaban que habían abandonado el mundo mágico después de que rehusaron cumplir las órdenes de los mortífagos, y que ahora estaban más tranquilos a pesar de estar exiliados, ellos alegaban que no tenían partidos en la guerra de los humanos, pero que tampoco se expondrían a la venganza de cualquier mortífago o inclusive del mismo Señor Tenebroso.
Luego escucharon que Ted Tonks discutía con el otro mago, al cual Harry no había podido reconocer la voz. Los hombres discutían sobre las estupideces que publicaban en El Profeta. Cuando de pronto se escuchó una tercera voz de un hombre, más bien de un chico como ellos, y los tres chicos la reconocieron al instante, sobre todo Harry, ya que había estado muy celoso de ese chico cuando era novio de Ginny. Y la voz del chico pertenecía a Dean Thomas, y al parecer también estaba escondiéndose de los mortífagos.
Hermione apretó los puños al escuchar la voz de su compañero de clase.
Estúpidos mortífagos, por su culpa los hijos de muggles tenemos que estar escondidos porque si no nos enjuician o nos matan, pensaba la castaña.
Luego de que hablaran del periódico El profeta, los chicos escucharon con gran interés como el periódico El Quisquilloso, apoyaba a Harry, periódico que alguna vez Hermione desprecio porque solo hablaba de criaturas que no existían y más cosas tontas, pero ahora era el periódico que era más veraz, porque mencionaba sin tapujos los hechos que no aparecían en el supuesto periódico más serio de la comunidad mágica.
Después se volvió a escuchar la voz de un duende, al cual habían llamado Griphook, y él menciono algo sobre la espada de Gryffindor, decía que la espada era una perfecta falsificación de la original —cosa que al comienzo confundió al trío— y que al parecer se les “olvidó” mencionar que este hecho a los mortífagos que llevaron la espada a guardar a una de las bóvedas de Gringotts.
Harry y Hermione al escuchar esa parte sintieron que se les detenía el corazón.
¿Por qué tanto interés por la espada de Gryffindor?, se preguntaba Harry.
La conversación siguió hasta que escucharon decir a Dean Thomas que él se encontraba en ese momento a salvo porque Ginny lo había ayudado a escapar de Hogwarts —Harry se mostraba ansioso por escuchar más sobre su pelirroja—. Los tres chicos se miraron entre sí al saber que la pelirroja se había puesto en peligro al lograr tal proeza, pero sabían que ella haría cualquier cosa por salvar a los inocentes. Luego también escucharon sobre que Ginny, Luna y Neville planeaban entrar a la oficina de Snape y que si este los encontraba infraganti pues entonces se llevarían un buen castigo.
Harry casi dejo de respirar al pensar en qué clase de castigo le podría ponerle Snape a sus amigos y a la mujer que amaba con todo el corazón.

***

Luego de la reunión —que duro más de cuatro horas— en donde Voldemort estuvo dando órdenes, y por supuesto también recriminando a todos su mortífagos lo incompetentes que eran. El rubio tuvo que mostrarse lo más frío posible y usar la Oclumancia como si fuera una capa de invisibilidad para que el Lord no pueda leer sus pensamientos.
Pero eso no lo salvo de que el Lord no lo amenazara con indirectas muy directas: Draco, si fallas morías tú, y tu patética familia.
Así que Draco no pudiendo aguantar más con la presión, sucumbió a la advertencia de Snape, y a su promesa que se había hecho a sí mismo: Ir a ver a su esposa, y no importaba que esta estuviera dormida o no quisiera dirigirle la palabra, él se conformaría con verla. Ella y su futuro hijo era lo único bueno en toda esa mierda de guerra.
Draco se apareció en la casa de Snape, y se sorprendió de que aun pudiera entrar en ella, ya que él era el único —después de Severus— que podía aparecerse y desparecerse de esa oscura casa. Y después de la advertencia que le hizo, él creyó que Snape había puesto protecciones impidiéndole la entrada, pero se había equivocado gratamente.
El rubio camino por la casa, buscando a su esposa. Pero si se ponía a buscar por las habitaciones le llevaría mucho tiempo, así que llamo al elfo que cuidaba de la pelirroja.
—Pinky —la pequeña criatura apareció al instante con plop.
—El amo llamo a Pinky —dijo el elfo haciendo una reverencia.
—¿Cuál es la habitación de mi mujer? —preguntó sin siquiera observar al elfo.
—La última del pasillo, amo.
Draco emprendió su camino hasta llegar a la habitación de la pelirroja, abrió la puerta y entro en ella, pero no la encontró.
Maldita sea, espero que ese viejo chiflado no la haya metido en uno de sus planes, pensó el rubio.
Pero apenas hubo terminado de pensar, la puerta del baño se abrió y de allí salió la pelirroja, envuelta en un albornoz de color blanco.
La chica se asustó al verlo parado allí, y retrocedió un paso, cosa que hizo que el rubio sonriera de lado.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Nicole, observando con el ceño fruncido a su esposo.
Draco la observó detenidamente, hace varios días que no la veía, y la encontró más hermosa desde la última vez que la vio. Se acercó a ella y la tomo de la cintura. Y el olor a jabón que desprendía la piel de la chica lo excito.
—¿Acaso no me extrañaste, mi amor? —dijo el rubio para luego posar sus labios sobre los de la chica y besarla con desesperación.